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JUGANDO CON NANDO 5 Allí estaba yo, con el Sol oculto tras los árboles en aquel anochecer de julio, cepillándome el nabo en la piscina frente a un Ramón demasiado pasivo para ser "él". -No me lo puedo creer... -murmuró para sí mismo, sonriendo, cuando ya era demasiado evidente que me la estaba cascando en sus narices-. Esta sí que es buena, chaval. -¿Por qué no cierras la boca y me ayudas? -le reté, ahogando algún gemido; aquella rabia nacía de su comentario cruel sobre el padre al que apenas tuve tiempo a conocer, y del que no conservaba ya recuerdo alguno. -¿En serio que te la estás...? -Compruébalo, tío -le corté-. ¿Por qué no buceas con la boca bien abierta, a ver si pescas algo? -¡Qué hijo de puta más bueno...! -exclamó, casi con admiración; su sonrisa se amplificó hasta que no quedó rastro alguno de dureza en su voz. -¿Te vas a quedar ahí mirando, como un imbécil? -le provoqué-. Si no me la vas a comer es mejor que te pires, chaval... Mi única intención estaba conseguida. Pretendía llamar su atención, dejarle flipando, y eso sin lugar a dudas lo había logrado con aquel golpe de efecto casi involuntario. Pero el caso es que Ramón no se movía. ¿Qué coño esperaba para largarse, o reaccionar de algún modo? Decidido a que el suicidio fuera completo, me eché de repente sobre él, cogido a sus hombros, y antes de que pudiera reaccionar, le dije: "Tócamela si quieres, cabrón, y esta noche hazte una paja pensando en mí, que yo me haré otra a tu salud". Acerté con mi polla justo en la diana, allí donde su bañador boxer albergaba también cierta dureza indisimulada. Apenas se veía algo ya por la falta de luz natural, pero Ramón dirigió su vista detrás de mí. "¿Qué coño hacéis?", nos preguntó Félix, desde fuera del garaje. -¡Estoy aquí! -gritó Ramón, con la particularidad de que su mano me estaba agarrando el trabuco con firmeza-. Con la noviecita de tu hermano -si a él no le importaba que su compinche Félix nos pudiera pillar, menos me iba a importar a mí; cuando éste asomó su cabeza subiendo a la terracilla, nos miró con absoluto asombro: -Pero tío, ¿qué estais haciendo? -su primera reacción fue mirar hacia atrás, no sé muy bien si para asegurare de que nadie nos pudiera ver, o todo lo contrario, para encontrar alguien a quien contarle lo que estaba sucediendo en la piscina-. ¡Menudo par de maricas! -exclamó con una sonrisa que intuí en su tono de voz, pues estaba yo demasiado ocupado, aún colgado de los hombros de Ramón, respirándole en el oído de un modo entrecortado y repentinamente sacudido por la excitación de sus acometidas suaves sobre mi polla-. Joder, colega, mi hermano tiene que ver esto... porque lo va a flipar. Estoy convencido de que si Félix no estuviera ya seco y vestido para volver a su casa, de buena gana se habría apuntado a hacernos compañía en el agua. Yo me sentí muy bien con mi cuerpo pegado al de Ramón, con sus pelos rugosos del pecho resbalando por mis tetillas como si fueran una brocha. "Te gusta cómo te la meneo, ¿verdad?", me provocó con su aliento contra mi barbilla; "Seguro que llevas deseándolo desde el año pasado, cabroncete", me lamió la cara como una gata aseando a su cachorro. -Nunca entendí que te fueras de mi habitación aquel día... -le susurré, aprovechando la intimidad creada, y antes de que Félix volviera con Mario-. Ni lo que dijiste de superar una prueba, ahh... ¿De qué iba todo aquello, tío? -Aún es pronto, Nando, pero confía en mí -sus sacudidas se intensificaron contra mi verga-. Has sido seleccionado para un proyecto muy, muy interesante, pero tendrás que esperar para conocerlo. -Creo que, ooohh... Ramón, creo que me voy... a correr, oooohhh... -Hazlo, peque, córrete sin miedo -me volvió a chupar, esta vez los labios, lo que me dio pie a meterle la lengua hasta la campanilla y morrerarle al tiempo que unas reconocibles convulsiones me bajaban por la espalda. -¡Mírales, gordo! -le dijo Félix a su hermano, sin que mi masturbador o yo nos cortáramos por saber que nos observaban-. Ya se te podría pegar algo de tu novio, ¿no? Mira qué contento parece... -¡Déjame en paz! -percibí la irritación de mi amigo, al tiempo que algunos chorretes de semen brotaban de la punta de mi nabo para acabar flotando en la piscina. -Esta noche te puedo hacer lo mismo, si quieres -le propuso a medio camino entre la guasa y el desconcertante realismo. -¡Vete a la mierda, imbécil! -le gritó Mario, cuya voz sonó lejana, como si no quisiera ver o creer lo que Ramón y yo estábamos concluyendo; no me cupo duda de que no le había hecho gracia nuestro acercamiento, casi como si pensara que me había pasado al bando del enemigo. Yo tenía ahora la cara hundida en el cuello de aquel gorila con el que había dado un paso de gigante aquella tarde, dejándome masturbar por él. Reponiéndome del esfuerzo eyaculatorio, le sentí acariciar mi pelo mojado con la mano, levantó mi cara y me preguntó si estaba bien. "De puta madre, tío. Estoy genial", le susurré acercando mis labios a los suyos, sólo para descubrir si aún estaba con el Ramón que me gustaba, o si al estar presente Félix se iba a transformar en el cabrón de costumbre. "¿Vais a estar mucho rato más mariconeando, colegas?", nos preguntó desde las alturas, "Tengo un hambre que te cagas". Ramón le ignoró, sin dejar de jugar con su lengua contra la mía. "Bueno, tío, te esperamos arriba...", decidió finalmente Félix, dejándonos de nuevo a solas. Una de sus manos se posó sobre mis nalgas, apretujándome contra sí mismo, al tiempo que yo le acariciaba el paquete por encima de su bañador-boxer. La tenía durísima y estrujada por la tela, pero luego de sacársela me pidió que lo dejara. "¿Por qué?", quise saber, algo encendido de nuevo tras la sesión de morreos. -Sólo es nuestra segunda cita, viciosillo. Dejemos algo de misterio para más adelante... -susurró, apartándome sin brusquedad y moviéndose hacia la escaleras; cuando sacó su corpachón del agua, de perfil la polla parecía a punto de saltar de su estrecho bañador. Se envolvió en su toalla, observando cómo yo me volvía a subir mis bermudas amplias y salía también de la piscina. No se me ocurrió qué decirle. Estuvimos cerca de un par de minutos en silencio hasta que algunos de la pandilla salieron del garaje, tras acabar su partida de ping-pong, y empezaron a desfilar rampa arriba entre risas, comentando las jugadas. Ramón ni siquiera me dijo adiós, ni subí yo con ellos a despedirme. Cuando tuviera ocasión, ya le preguntaría a Mario si se había enfadado conmigo.
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Jaime y Javi aparecieron aquel verano de la nada. Jaime era un amigo de mi tío Juan Luis, el primer "amigo" que le conocíamos desde que yo tenía uso de razón. El otro era su hijo, un año y pico más mayor que yo. "Vendrán a pasar el mes a Salinas", nos había informado Juan Luis a Marta y a mí el fin de semana anterior. El cuarto día de agosto les teníamos allí. Antes, la tarde del día 2, Juan Luis apareció con mi querido primo Juanlu. Aquel verano estaba bastante irreconocible. Me sacaba casi dos palmos, tenía la cabeza rapada y llevaba un aro en la oreja. Pese a ello, cada vez se estaba pareciendo más físicamente a su padre. El día que llegaron no parecía estar de muy buen humor. Siempre habíamos tenido buena relación, o al menos lo mejor que puede ser la relación de dos primos que se ven un par de veces al año. "¿Qué le pasa al primo? Parece que está cabreado", le comenté a mi tío cuando Juanlu se había encerrado en su cuarto al poco de llegar. -Supongo que no le hace mucha gracia tener que compartir la habitación. Pero no le hagas caso, que está en la edad tonta... -me dijo. Y claro, aunque no hizo falta preguntarlo, yo ya sabía que la habitación que compartiría mi primo iba a ser la mía. A mí no me importaba en absoluto compartir el cuarto y acercarme un poco más a ese primo al que tenía en un altar, dos años largos mayor que yo, con el que convivía un mes al año en Salinas y diez días de Navidad en Madrid. Subí al cabo de un rato con la intención de decirle a Juanlu que podía disponer de todo el espacio que quisiera el tiempo que nos tocara compartir habitación. No me gustaba verle mosqueado. Le encontré arreglado para salir. Vaqueros rotos, camisa blanca medio abierta, oliendo a abundante colonia y con pinta de chico malo. "¿Querías algo?", me preguntó un tanto brusco cuando se dio cuenta de que le observaba desde la puerta. "No, nada", dije yo. Al verle de aquella guisa, dispuesto a romper la noche y tal vez ligarse a todo lo que pillara, me di cuenta de que no iba a estar nada mal dormir durante unos días tan cerca de él. El lunes por la mañana conocimos a Jaime y a su hijo Javi. Bajé a la cocina y mi tía Aurora me dijo que estaban todos en la parte tarasera de la casa. Me preparé mi colacao de todos los días y me fui para allí. Juanlu estaba en la piscina, Marta tomaba el Sol y mis tíos Juan Luis y Paco estaban con los invitados en la zona del huerto. -Hombre, si aquí tenemos al pequeño de la casa -se alegró Juan Luis cuando me vio-. Mira, Nando, éste es Jaime y él es su hijo Javi. -Hola -dijo el chico un tanto tímido. -Tu tío habla mucho de ti -dijo el padre sonriendo, y no supe si era cierto o sólo lo decía por compromiso; de él, Juan Luis no nos había hablado nunca hasta el día que nos informó de que vendrían a pasar el mes de agosto con nosotros. -Javi es más o menos de tu edad. Seguro que os llevaréis bien -añadió mi tío para que la situación resultara un poco más incómoda si cabe. "Pues no sé yo si con esa pinta de soso nos vamos a llevar muy bien...", pensé para mí, y me quedé un rato con ellos, que hablaban de cosas del huerto mientras mirábamos a Paco y su pantaloncito blanco arrancando patatas. -¿Por qué no os bañáis un rato, hasta la hora de comer? -propuso Juan Luis, y Javi miró a su padre, que le dijo que hiciera lo que quisiera. -Estás de vacaciones, ¿no? Pues pásatelo bien El chaval sonrió y ellos siguieron observando a Paco y hablando sobre las patatas arrancadas como si fueran realmente interesantes. Cuando estuvimos los cuatro en la piscina, decidimos echar un partidillo de volley, Javi y yo contra mi primo y mi hermana. Estuvimos más de dos horas y me lo pasé mucho mejor de lo que creía. Al fin y al cabo, Jaime tenía razón: estábamos de vacaciones y había que intentar aprovecharlas antes de que llegaran a su fin. Esa primera noche traté de ser amable con Juanlu, pese a que apenas habíamos hablado en todo el fin de semana. Le dije que me avisara si necesitaba más sitio, o si quería la cama de la ventana, que era más grande. Después de un rato juntos en la habitación, saqué dos conclusiones: primero, que mi primo no me odiaba; y segundo, que lo que le molestaba era que Juan Luis invitara a un "amigo" cuando sólo se podían ver unos días al año. Yo no dije nada, por supuesto, pero es que él tampoco le hacía demasiado caso a su padre... Después de cenar, Juanlu se fue a la habitación y yo me quedé un rato charlando con Javi, indagando gustos en común antes de presentarlo en sociedad al día siguiente. Cuando decidí acostarme, la luz de la habitación estaba apagada, pero se oía la tele. Llamé a la puerta, y la respuesta de Juanlu fue inmediata. Cuando entré, me dijo: "Tío, no hace falta que llames, que es tu habitación". -Ya, bueno, es por si... yo que sé, vale, vale, pasaré sin llamar -un poco tonto yo. Me comentó que había movido la tele para poder verla mejor, y le dije que hiciera lo que quisiera, que esa también era su habitación. Estaba tumbado en la cama en calzoncillos, con una mano en la nuca y el mando en la otra. No le miré demasiado y me puse el pijama con rapidez, sin querer que se notara que me daba vergüenza desnudarme delante de él. Por supuesto, ni siquiera encendí la luz. Y cuando estábamos los dos acostados y la tele apagada desde hacía unos minutos, no se le ocurrió a mi primo otra cosa que preguntarme: -Oye, Nando, ¿tú cuántos años tienes ahora?
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Los días que siguieron fueron sin duda los mejores de todo aquel verano. Juanlu y Javi, cada uno por su lado, se empezaron a mostrar bastante más comunicativos una vez superadas la frialdad del primero y la timidez del segundo. Un domingo bajamos todos menos Paco a pasar el día a Salimar, también con Mario y sus padres, que eran buenos amigos de mis tíos. Por suerte, a Félix y Ramón no les vimos el pelo en todo el día. Marta pasó la mañana tostándose al Sol, y los chicos nadamos hasta lejos. Menos Mario, que se quedó donde tocaba suelo bajo la atenta mirada de su madre, que no le quitaba ojo desde debajo de la sombrilla. Aún no habíamos tenido ocasión de mencionar el "incidente" con Ramón, pero al menos mi amigo ya no parecía enfadado. Muchas brazadas después, la playa quedaba lejos y tanto Juanlu como Javi se lanzaron a quitarse los bañadores. "Qué fresquito en las pelotas, ¿no?", dijo mi primo alegremente. "Pues yo también voy a nadar en bolas", soltó Javi enseguida. Yo no iba a ser menos, así que con cierta excitación mal contenida, me saqué las bermudas y me dediqué a intentar que los otros dos no se me acercaran demasiado. Cuando volvimos hacia la orilla y le conté a Mario lo que habíamos hecho, éste simplemente fue capaz de decir: "¿Tu primo también? Joder, la verdad es que Juanlu me cae muy bien". Yo sonreí al mirar hacia las toallas y verle remangándose las bermudas antes de tumbrase, con la clara intención de decirle a mi amigo que a mí también me estaba cayendo cada vez mejor... Ya por la tarde, antes de que se fuera el Sol, Juan Luis me pidió que fuera a avisar a mi primo de que nos íbamos. Juanlu estaba donde las rocas con un grupo de colegas que le habían pasado a buscar un rato antes. Caminé hasta la zona, me encaramé a algunas piedras y me asomé un poco. Dos de los amigos estaban fumando unos cigarrillos hablando con tres de las chicas, y un par de metros más allá estaba Juanlu tumbado de costado, comiéndole la boca a otra chica. Tenía una pierna algo montada sobre ella, y una mano bajo su camiseta por delante, mientras que ella le metía la mano en la parte trasera de las bermudas. En la postura que estaban, no tardaron ni cinco segundos en verme. Ella me preguntó a gritos qué coño hacía espiando, pero Juanlu enseguida le dijo que yo era su primo. La chica se fue con los otros, y Juanlu se puso en pie para hablar conmigo. Claro, las bermudas eran mala tela para disimular erecciones, sobretodo cuando el viento le daba de frente y dejaba a las claras que la tenía durilla y hacia un lado. -¿Has visto qué piba más rica? –me preguntó con chulería-. ¿Qué te parece, está buenorra o no? -No está mal, la verdad –le respondí, evitando a conciencia mirar más abajo de su cuello-. En fin, me ha dicho tu padre que te avise de que nos largamos para casa. -Ok, primo, muchas gracias. Y si consigo mojar, ya te contaré... –sonrisa un tanto maliciosa, antes de despedirse de mí y volver con la chica. Aquella noche traté de esperar despierto a que llegara, pero lo hizo tan tarde que ni le oí. Ya por la mañana me desperté bastante temprano, y mi primer pensamiento fue para Juanlu, tal vez preguntándome si ya habría llegado. Cuando asumí que estaba haciéndose de día al abrir bien los ojos, el cuerpo de mi primo estaba desmadejado sobre la cama, desnudo y boca abajo, con la almohada sobre la cabeza. Con la casa aún en silencio, salí de mi cama sin hacer ningún ruido, ajusté la puerta y miré hacia la cama de mi primo, que teniendo las piernas algo abiertas permitía vislumbrar los cuatro pelillos de sus huevos. Al agacharme un poco para tratar de ver algo más, vi tirada en el suelo su ropa del día anterior; las bermudas azules y la camisa blanca. Cogí el bañador sin pensarlo demasiado y me lleve a la nariz la parte de la entrepierna, como si tratara de rastrear residuos seminales que me pusieran caliente. ¿Acaso era yo como un animal contínuamente en celo? Me llevé al lavabo el bañador de mi primo y vi en la parte delantera un cerco de humedad ya reseca, lo que me llevó a imaginar cómo había sido su noche con la tía de la playa. Seguro que se habían dado un revolcón hasta que mi primo se había corrido en los pantalones. Con esa idea y esa imagen en mi cabeza, me alegré la mañana poco antes de oír los primeros carraspeos de mi tío Paco y volver a la habitación donde Juanlu seguía durmiendo en bolas y boca abajo, completamente ajeno a mis placeres matutinos.
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El último viernes de agosto, me desperté siendo el centro de atención de toda la familia. "Buenos días, chaval. ¡Felicidades!", me dijo Juanlu nada más abrir los ojos, desperezando su cuerpo desnudo sobre la cama. La tenía un poco morcillona, lo justo para aparentar una buena trempera matutina, aunque no pude fijarme tanto como hubiese querido. Según le vi, pensé que el mejor regalo que podía recibir aquel cumpleaños de parte de mi primo, sería dejar que me pusiera de rodillas sobre su cama y le comiera la polla hasta dejarle seco.
Continuará... |
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